La última escalera

El tractor que te escribe estaba en Madrid el 26 de abril. De las tres carreras disputadas no vio ni vivió nada. Solo pudo observar el después: caras, gestos, abrazos, lágrimas, muchas emociones y una última escalera. Todo eso también es maratón, o medio maratón,… o un simple 10k.

«¡Qué grande es esto! De verdad, merece la pena lo que se sufre por ello». (@Pepemillas)

La salida. (Foto de Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón)

Chico y chica se funden en un abrazo interminable. Él es enorme, ella no. Bajita, mojada y con las piernas sucias, llora apoyada en la barriga de su novio Zumosol. «Te quiero. Lo has conseguido». Paso junto a los dos, sonrío. No se qué han corrido. Quizá su primer 10.000. Incluso, por la hora, las 12 del mediodía, han tenido tiempo de acabar los 21k. Estoy en el vestíbulo de metro Callao.

Camino del centro. Salí una parada más lejos de la que compré. No te ‘chives’ a la autoridad, por favor. (Foto de @ximotamarit)

Fuera sigue diluviando. Tres operarios desmontan ya el punto de animación entre el kilómetro 18 y el 19. Gran Vía continúa cortada pero no se ve ningún corredor… corriendo.

– «Y si llueve, ¿no se suspende todo esto?», pregunta otro padre que viene al teatro.

– «No. Solo se suspende una prueba si hay un cataclismo capaz de hundir la calle. Y entonces, nadie estaría en disposición de plantearse si se corre o no».

¿Héroes? Es, simplemente, un deporte pero valoremos el esfuerzo. Respeto para todo aquel capaz de completar la excursión madrileña sobre 10k, 21.097,5 o 42.195 metros. O, al menos, de intentarlo.

Y no paró de llover. (Foto de Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón)

Tras la función infantil de turno (por eso y para eso estaba allí), volver desde el teatro a Callao supone caminar cuesta arriba. Unos andamios cubren algunas fachadas. De frente viene un grupo de gente. Hombres y mujeres con sus camisetas técnicas de tirantes. Algunos así, sin más, como habrán corrido. Otros se cubren con plásticos. Sonríen. Disfrutan. Son extranjeros. Suevos, vándalos o alanos, qué más da. Me sale sin pensarlo y dejo el cobijo de la estructura. No cabemos todos. Para ellos serán únicamente 20 metros, 20 metros sin lluvia. Algo es algo.

– «Grazie mile».

El McDonalds de la esquina con Montera está invadido de gente. En un rincón, junto a la entrada, un chico con gorra y cara chupada, pantalón corto y medias de compresión devora un menú. Devora, no come. Traga casi sin masticar. Por la hora que es, cerca de las dos, puede haber corrido el maratón en menos de 4. Entre su cuello y la camiseta, esta no parece mojada, asoma un trozo de cinta roja, ancho, con unas estrellas blancas. Es su premio. Es la medalla.

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Billete de vuelta hacia la última escalera. (Foto de @ximotamarit)

Sigue lloviendo en Madrid y yo voy a deshacer el camino. Las paradas se suceden: Gran Vía, Chueca, Alonso Martínez, Rubén Darío,Diego de León. El convoy para, abre las puertas y entra gente. A mi lado aparece un chico alto, unos 40 años, barba setentera, dorsal azul, gorra puesta del revés, mallas y unos calcetines que eran blancos cuando se los puso por la mañana. Eran, ya no. Está empapado y solo mira al suelo.

Me levanto del asiento mientras con un gesto le indico que puede ocupar mi lugar: «Siéntate debes estar cansado».

Intenta contestar y hace ademán de negarse pero estoy seguro que ha visto mis Saucony. Tiene enfrente a un semejante… vestido de paisano. Acepta. Entre muecas de dolor consigue posar su trasero en el banco. «Gracias». Mete la mano por el cuello de la playera y saca una medalla. La mira, le da vueltas, la toca, la besa. Es del maratón. Mola.

Dejo que disfrute de ese momento. Sigue mirando al suelo y, supongo, mientras toca la recompensa vuelve a correr los 42 kilómetros por las calles de Madrid. Y lo supongo porque a mi me gusta hacerlo.

Ocho paradas después el metro llega a la estación de destino. Él se apea y yo también. Anda mal, está tieso y parece que acaba de bajar de un caballo. Piernas abiertas como quien sufre escozores hasta en la parte más oculta del cuerpo.

– «Enhorabuena». Necesitaba decírselo.

– «Gracias, muchas gracias. Ha sido duro pero más duro va a resultar salir de aquí. A ver como subo esa escalera».

En las estaciones de metro de Madrid siempre queda… la última escalera. (Foto de 20minutos.es)
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