Sin límites, sin miedo y,… sin nada en el cerebro

Donde se cuenta la primera parte del reto ‘Un día, dos carreras’. Todo comienza en la ‘XVI Marxa al Bartolo’. Estrategia, fotos, un DNI, cadáveres, 23km por la montaña y más de 4 horas de trajín para Sanfer y su fiel escudero El Tractor de La Pobla. Un auténtico tonto motivado sin límites, sin miedo y,… sin nada en el cerebro.

«No corro para aumentar días a mi vida. Corro para aumentar vida a mis días». (@Runwithalexia)

Un verano no empieza hasta que has ascendido el Bartolo. Sea corriendo, los menos; sea andando, los más; sea escalando entre las rocas, que las hay y no pocas. Y un verano no empieza, de verdad, hasta que te has bajado del Bartolo… sano y a salvo. Porque subir se sube con esfuerzo pero bajar cuesta muchísimo, y despeñarse,… muy poco.

Foto de @ximotamarit

Desde la salida tengo claros mis rivales:

– «Sanfer, hay que pasar a ese chico de naranja, a la señora de rosa y a esa chica de gris».

Que sea lento y pesado no significa que siempre deba optar a la última posición. Uno, aunque milite activamente en el ‘furgón de cola’, aspira a superarse. Y superarse es pasar de la última a la penúltima posición y, si se puede, a la antepenúltima.

– «Anda chiquillo, relájate. No me des la mañana y, sobre todo, no te caigas».

Pero en mi mente bulle una estrategia. Hay una primera zona del circuito donde puedo correr, otra en la que debo caminar y en el resto tengo que correr. Poder, deber, tener; poder, deber, tener.

En pleno ascenso, San Fermín se traslada a Pamplona. Tiene trabajo por allí:

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Foto de abc.es

También tiene trabajo aquí. En algunas zonas quiero caminar pero puedo correr. En otras quiero correr pero debo caminar. Y los rivales van cayendo. La chica de gris primero, la chica de rosa en plena escalada a las crestas, en plena cuesta del 28%. No por correr mucho se llega antes y Sanfer solo hace que frenarme.

Tractorear en montaña es una explosión de los sentidos. Sonidos, olores, imágenes. Todo el entorno se convierte en un hilo ambiental que engaña a mi mente mientras el cuerpo sufre. Y cómo sufre. Los gemelos a punto de reventar, los pulmones evacuando litros y litros de aire, gotas de sudor caen desde la visera de la gorra…

– Ring, ring, ring.

¿El móvil? Increíble. Sí, el móvil.

– «¿Mamá?».

– «Hijo, ¿qué te pasa? ¿Y ese sofoco?».

– «Mamá, ¡estoy corriendo!».

– «Pues corre con cuidado. Solo quería saber si vienes a comer. Hay paella. ¿Vienes?».

Claro que voy. Cuando tomas la salida solo te apetece subir y subir porque allí arriba, en las crestas, en las antenas, sabes que habrá un avituallamiento, buena sombra y sentirás la brisa fresquita que viene desde el Mediterráneo.

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Foto de @ximotamarit

Pero según pisas las crestas y miras hacia el este, ves esto:

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Foto de @ximotamarit

Y ya solo te apetece bajar. Allí, al fondo, está la meta, la camiseta, la sandía, la Pepsi, la playa y, después, la paella de mamá.

A los 10 metros de empezar el descenso, a punto de pasar por un control de tiempo, oigo por el altavoz de la emisora:

– «Dorsal 488, Joaquín Tamarit Aleixandre».

– «Soy yo, ¿qué pasa?».

El chico me dice:

– «Has perdido el DNI. Y lo han encontrado. Está en el avituallamiento».

Mecagon la leche. Al sacar el móvil para contestar la llamada o para hacer las fotos, no se, he perdido la identidad. Me he olvidado de mi mismo, haciendo todo lo contrario, mientras intento encontrarme. Un capotazo sanferminiano permite recuperar el carnet rápidamente y volver a tirar p’abajo.

Y yo no se adelantar en carrera. No se, porque en asfalto nunca puedo y en montaña nunca había podido. Una vez lo intenté. Quise pasar a un rival en una senda muy estrecha… y acabé tirado en un barranco.

El domingo, los dos últimos kilómetros de descenso eran peligrosos. De esos en los que cada pisada tiene trampa. Donde hay una, dos o cientos de piedras sueltas, puntas que se clavan en la suela, tierra, agujeros, ramas, hierbas, pinchos. La pendiente es del 26%, una pared. La gente iba con cuidado.  Yo no. Sin límite, sin miedo y, sin nada en el cerebro, me lancé hacia la meta.

Cuento hasta 10 adelantamientos, entre ellos el chico de naranja. Cadáveres. Sí, tú también los llamas así. Gente desfondada o gente cauta. Mi ego crece. Peso el doble, mido menos, pero me siento una mala imitación de Kilian Jornet o Luis Alberto Hernando. En realidad soy un descerebrado sin control protegido por el capote de Sanfer. Si no, ¿cómo se explica que siga intacto tras aquel descenso suicida?

Ya en el paseo marítimo, a vista de meta, voy tan tranqui, voy tan sobrado, que me da por conversar. El señor anda y yo hago como que corro:

– «¿De dónde venís?».

– «¿Ve aquella montaña? ¿La de las antenas? Allí hemos subido y desde allí hemos bajado».

– «Rediós, ¡qué cojones tienes, chaval!».

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Foto de Jorge Aparici

Y esto da para que, a trote tractoril y entre aplausos del respetable, entremos en meta, Sanfer y yo… sonriendo.

Ah, sí, tiempos. Crono real: 4h06’34”. Posición 514 de 543, en la última hoja, como siempre. Rebajé mi mejor marca, era de 2011, en 12’19”. Y mordí al crono de 2013, 1h17’41”. Subidón, subidón.

Ahora, a este reto le falta una segunda parte. Si tienes paciencia te lo cuento en 7 días.